“Lola”, por Matías Suárez Godoy

Como si la noche fuese a acabar de un momento a otro y como si no hubiera un mañana ni un pelagato mirando el show. Comienza tempranito a pensar cómo le irá en la noche, que si encontrará algún huevón que le meta la cosa por un rato. Se mira en el espejo y ve el gran lienzo en blanco que necesita una manito. Pero ya, que se le quema el pan en el tostador. ¿Con palta? ¿Mermelada? ¿Manjar? Qué si con suerte tiene para margarina y un par de panes que se los devora en un dos por tres. Es que ha estado flojo el trabajo, sobre todo porque ella no tiene la plata para hacerse esos maquillajes que se usan ahora. Apenas llega a fin de mes con la plata que le dan por freír papas todo el día en ese local donde nadie ve la estrella que es. Y que siempre ha sido.

El olor a aceite de las papas le recuerda su infancia, cuando su mamita le hacía papitas a escondidas para que su hermano mayor no viniera a pedir. No hay día que no recuerde su infancia, ni día que no se acuerde cuando su papá la pilló poniéndose los tacos de su mamá y con el hocico pintado. ¡Anda a lavarte esa cara, cabro de mierda! Y ahí partió a lavarse las lágrimas, porque los labios nunca. Por lo menos no le había encontrado su casete de Donna Summer, el cual ponía siempre que se quedaba sola en la casa y practicaba los bailes que se imaginaba cada noche. Ese casete que le regaló la Cristi, su coliza favorita. Siempre le causaba gracias que la Cristi se pusiera así, porque de hombre se llama Cristian. “Es que así es más misterioso po, niña”. Ella había escogido llamarse Lola. Ponte un nombre de una famosa o nadie te va a querer, le decía la Cristi. Pero la Lola no quería ser conocida por otra, quería brillar sola.

Y parte a tomar esa micro hedionda en la que va toda apretada. Cuando sea famosa no voy a tener que andar en esta mierda. Me compraré un autito bien bonito como el que quería regalarle a mi mamita antes que se muriera. Y nunca puede sentarse, porque la micro viene llena desde el principio, por lo que entre tanto toqueteo y apretón del transporte llega toda sudada al trabajo y hasta el perfume se le fue. Buen día, caballero, le dice la Gloria, una vieja podrida que nunca le han gustado los maricones y que lleva 20 años trabajando en el local. Buenos días, señora, le dice la Lola, quien no pesca cuando le dicen caballero. Los caballeros estaban peleando en las guerras, ella era una reina. Ahora a la reina le tocaba aguantar 8 horas de aceite pegoteada en la frente y de gente diciéndole que se apurara, que dónde está el pedido, que ni para la cocina sirve. Aguanta no más, Lola, que a la noche te toca show y tenís que estar concentrada, se dice a ella misma.

Va en la micro de vuelta pensando de qué hablar esta noche, porque parece que ya hablado de todo y más encima siempre van los mismos viejos a verla al pub. De vez en cuando iba uno que otro jovencito con su amiga que seguramente le ayudaba a tapar su gusto por los hombres, pero los jovencitos preferían ir a bailar a la disco antes que escuchar a una vieja. Porque cuando fue a presentarse a la disco le dijeron que primero bajara 20 kilos y retrocediera 30 años. Lo que vende ahora es lo joven, el baile, las acrobacias pues, niña. Y ella que no sabía ni darse una vuelta en el suelo y nunca hizo deportes en el colegio. Todo lo que sabía de maquillaje lo aprendió viendo a su mami cuando salía con su papi y con los consejos de la Cristi. Ay, qué sería de ella sin su amiga. Si todavía se acuerda cuando la Cristi se le acercó en la disco para decirle que bailara, que la vida es muy corta para andar sentada en un rincón. Es que mi amiga me dejó sola, le dijo la Lola. Y qué tiene, dice la Cristi, si sola se pasa mejor. Ya, párate y vamos a bailar con mis amigas. Y nunca más se separaron, incluso ahora que son viejas hacen el show y buscan hombres juntas. Porque las dos están más solas que un dedo.

Cuando ya quedan 3 horas para el show, se empieza a arreglar. Hoy me pondré el vestido verde de lentejuelas, se ve más fino y me tinca que hoy día va a ir más gente. Va con la peluca negra que casi siempre usa, porque no le gustan las rubias, si ella siempre ha sido morena y lo más lejano a la Madonna a la que todas se quieren parecer. Eso sí, se pone los zapatos bajos porque ya no le da para andar con tacos, si la otra vez casi se cae en pleno escenario. Los minutos se hacen eternos para que la Cristi la pase a buscar en el auto que heredó de su papá que murió de un cáncer de pulmón hace poquito. O si no andaría muerta de miedo esperando un auto que la lleve al pub.

Revisa el diario a la rápida para ver de qué puede hablar en el show de hoy, aunque ella nació con ese talento de entretener y de hacer reír. La gente siempre le decía que ella era la graciosa y la Cristi la bonita, y a ella le gustaba así. Cuando ya encuentra material para el show tocan la bocina de afuera. Es la Cristi porque toca la bocina con esa melodía tan maricona que siempre le ha gustado. Súbete rápido, niña, que hace frío. Y ahí parte hecha un cohete porque van atrasadas. Ponte música, a la Daniela Romo mira que hoy día ando fogosa, y la Cristi se ríe no más.

Cuando las luces finalmente la iluminan, se olvida del papá gritándole, del pan con margarina, de la soledad y de las papas fritas. Con cada risa de los viejos colas que van a verla se siente la reina del mundo, nadie puede tocarla. Y tenía razón, ese vestido se veía fino y brillaba como nunca porque le dijo específicamente al chico de las luces que pusiera la luz más brillante sobre ella. No sabe cómo, pero rellenó una hora y media de show contando historias que le salían y le salían, y es que nadie nunca quiso escucharla cuando chica y ahora se le salían hasta por las narices las historias. Todo ese dolor, esa impotencia y la amargura que la llenaron en algún momento se transforman en risas y aplausos. La gente me quiere, piensa.

Ya de madrugada, se le acerca la Cristi y la felicita. Estuviste tremenda hoy día, casi me hice pichí de la risa. Y la Lola sabe que es verdad, que hoy se lució. Pero algo le faltaba. Hace tanto tiempo que nadie le hacía cariño a este pobre vieja. Si el último hombre que tuvo le pagó para que no se sacara el vestido. Y se da cuenta que la Cristi anda igual, porque anda cabizbaja. ¿Cuándo vamos a encontrar un marido, niña?, pregunta la Cristi con el maquillaje ya derretido de tantas horas que pasaron. Qué me preguntái a mí, le dice la Lola, si ni gato tengo. ¡Lola!, le grita una voz femenina que le toca el hombro por detrás. Era un jovencito que ella notó en el público esta noche y que se reía con todo lo que ella decía. Dime, corazón, le responde la Lola como la estrella que es. ¿Puedo sacarme una foto con usted? Y es que la petición de una fotografía era la cima de la fama para ella. Obvio, pero que salga bonita. Soy un admirador suyo, le dice el joven marica. Yo pronto empezaré a ser transformista y quiero ser como usted, quiero hacer reír a la gente y verme igual de linda. Y ahí se da cuenta de todo la Lola. Por las huevadas que nos preocupamos, le dice a la Cristi cuando ya el jovencito se había ido. Qué chucha me importa a mí tener un marido, si ningún hombre apreciará por completo a esta reina. Yo me debo a mi público, dice la Lola mientras la Cristi se larga a reír.

Había neblina esa madrugada, pero las calles estaban más iluminadas que nunca y la Lola estaba más bonita que cuando era joven, si ni se le notaban los 50 años. No había nadie en esas calles cochinas que tienen que recorrer para llegar a las casas. Nadie que la viera así de hermosa. Ponte música, niña, le dice a la Cristi, mira que me estoy quedando dormida. Y mientras la gente se va levantando para ir a trabajar, la Lola y la Cristi van tarareando el casete de la Donna Summer que tantos recuerdos les trae. Eran intocables.