“La Rata” de Bárbara G.

Me duele el frío de esta pieza. Los hoyos de sus paredes no dejan quieto ningún soplo del viento invernal. Me congelo y mis pensamientos se enmudecen. Cuando intento hacer cualquier movimiento, me detengo con el solo hecho de imaginar salir de las tibias sábanas que abrazan mis pies. La noche ya no es mi amiga. La intento evitar porque solo me trae inquietud y ansiedad, aunque me deja la esperanza de encontrar el sueño para llegar al día.

Para qué hablar del ruido que hacen los ratones sobre el techo. Conversan como vecinas turulecas sin importar nada. Agujerean  la madera como en un ademán de alcanzarme. A veces pienso que van a caerse en mi cabeza y van a comenzar a cavar entre mis pelos, mis ojos, mi pecho. Siento escalofríos de solo pensarlo.

Necesito que se vaya esta niebla de mi pieza. Tal vez el frío solo se guarda aquí como una caja con candado. Tal vez debo abrir la ventana para dejarlo ir. Eso haré. Veré si me suelta por esta noche.

Cuando intento recogerme en el sueño y esconderme entre mis frazadas, escucho que desde la ventana viene un ruido ínfimo: parece ser mi perra que llora, anda en celo y quiere huir, pero está vieja y si se queda preñada, se muere.

De pronto noto que no es ella quien gime, sino una rata que se está metiendo por la ventana ¿Cómo es que llegó a entrar? La maldita rata había visto la ventana abierta que le entregaba una invitación para ingresar a mi pieza.

Me quedé inmóvil, esperando a que se fuera porque yo no iba a ser capaz de golpearla y matarla. Yo soy una cobarde, le temo a todo, cómo voy a matar algo. Sus pequeños pasos indicaban que en cualquier momento llegaba hasta mí.

La respiración intermitente que salía de mi nariz, le produjo mayor seguridad a ella, a la rata que venía a cavar. No pude  contener el miedo, presentía el ruidito inquieto de su boca buscando cualquier cosa. En un momento de coraje, saqué una mano de la cama y comencé a buscar algún objeto que me sirviera para golpearla, pero no encontraba nada. Mis manos llegaron a un lápiz que tenía en el velador. Lo tomé y me voltee lentamente hacia donde se encontraba la rata. Intenté seguirle el rastro con los ruidos que hacía, encendí la luz y ahí estaba la sucia rata que se escondió rápidamente bajo mi cama. Más miedo sentí porque significaba que tenía que hacerla salir de cualquier manera.

Miré el reloj y eran las 3:10 de la madrugada, el frío me apretaba por completo, era como una camisa de fuerza. No podía dejar a la rata suelta, debía matarla, así que tomé un zapato y lo tiré por abajo y ahí salió, pero volvió a esconderse, esta vez detrás de un mueble. Tenía que pensar en otra cosa.

No me quedó más remedio que deshacer mi cama y usar una de mis viejas sábanas para atraparla. Me paré lentamente con el último recurso que me quedaba. Golpee el mueble y la desgraciada salió corriendo por entre mis pies. Me estremecí, pero lancé la sábana sobre ella, pegando un grito de horror. Me aferré a la sábana y ahí se quedó atrapada. Conducida por el pánico, cogí el lápiz y se lo clavé por el estómago. La rata chillaba y se recogía en un vaivén de movimientos, mientras la sangre teñía toda la sábana de rojo. Mis manos tiritaban y mis ojos ya estaban a un límite de escaparse. La rata era enorme y se resistía a morir, así que le clavé el lápiz con más fuerza. Sentía que los minutos no pasaban, que la rata inmunda no moría, que el frío se me olvidaba, que la sábana estaba roja y que el frío volvía a mi espalda. Muérete rata asquerosa, muérete. La inmovilidad de su cuerpo me avisó de su muerte. Solté el lápiz, la sabana y fui al baño a lavarme las manos. Luego volví y tomé nuevamente la sabana y tiré todo a la basura. Por fin podía volver a dormir. Sin embargo, ahora era otro mi problema, la cama estaba gélida y eso significaba volver a ponerme en posición fetal y esperar a que el calor llegara a mi cuerpo flaco y desposeído. La ventana quedó abierta y la noche se preocuparía del resto.