“Poética Marginal” de Cristóbal Gaete

Un divertido relato sobre un taller y una talentosa participante que nos fue ofrendado recientemente

Para contar cómo la conocí tienen que recordarme un asado. Conversaba con una psicóloga que imaginaba ideales centros de reclusión de menores: cómodos y bien atendidos. No eran así en modo alguno; eran barrios periféricos con cabañas en las cuales los adolescentes estaban entregados a su propio orden, rodeados por altas rejas, en Playa Ancha, un sector que cobijaba a los locos, a los muertos pobres, y, un siglo antes, a los apestados. El polvo de tierra flotando anunciaba el pequeño desierto del borde de la ciudad donde disponer las cárceles, los psiquiátricos. En el taller de escritura que le vendí a la psicóloga había hombres y mujeres, y, en vez de atenderme, aprovechaban el espacio común para ligar. Retarlos era absurdo. Los gendarmes me acompañaban hasta la puerta y se iban. A veces conseguía fugazmente su atención imprimiéndoles fotos; como no tenían Internet, era su manera de modelar su imagen. Pero ninguna literatura social o marginal lograba interesarlos, por más que contara sus mismas historias décadas antes.

Estaban sumidos en los grandes televisores que tenían en las cabañas, el culto al cuerpo, los futbolistas millonarios en Europa.

Excepto Lila, que venía de una población de Santiago, detenida por mechera, lo que no afectaba su libertad, hasta que amenazó con un cuchillo a un guardia que se sobrepasó en la revisión. Ella sacaba pequeños poemas acerca de ir en una micro atiborrada con carniceros y ciegos, de avenidas pobres al final de los recorridos, con un objetivismo capaz de cortar la cara a cualquier profesor de escritura. No escuchaba a los demás chicos, menos se le acercaban, pese a su particular belleza pálida. Habitualmente los motines los dirigían los del club de ajedrez moviendo a los pendejos que querían integrar sus bandas en la calle. Alguna vez llegué allá y no pude entrar; habían entrado a robar las pastillas que les daban día a día, que los tenían imbéciles y adictos. Los gendarmes estaban de fiesta enviando niños al hospital. Alguna vez fue solo Lila la que consiguió esas pastillas para su cumpleaños, tenía carácter. Dos horas a la semana no bastaban para conocerla, era un misterio. Cada fin de semana soltaban a los internos, porque no tenían nada qué hacer adentro. Por disposición de los tribunales, los llevaban a encierros lejos de sus padres y amigos, y un bus los conducía desde el centro de reclusión a otras ciudades, para que no dañaran a la nerviosa comunidad. Al principio los dejaban ahí mismo y robaban en el barrio; ahora los soltaban aleatoriamente, para que no se notara demasiado. No sé qué otra cosa podrían hacer, si no tenían nada en los bolsillos. Lo típico era ir a buscarlos el domingo a la playa que quedaba cerca, porque aseguraban comida diaria y cierta autodeterminación; pero al hallarse en los buses de  estudiantil de Santiago, que le pasó dinero para un pasaje a la libertad en la capital.

La capital nutría su poética, flotaba en el asfalto como lo hizo desde su infancia.

Su desaparición era esperable, en el centro no la comprendían ni las otras internas. La capital nutría su poética, flotaba en el asfalto como lo hizo desde su infancia. Conseguí que un editor revisara sus poemas, al poco tiempo la publicó, su escritura era natural. Consiguió dos premios importantes, la crítica la reseñó con expectativa; en su excepcionalidad se había convertido en un modelo de rehabilitación, dándole a su biografía el sabor que se necesitaba para brillar, para convertirse en estrella literaria, en un individuo en un mundo de seres apagados; era Gómez Morel, era Genet. Tenía dinero y reconocimiento, había roto el molde. Nadie podría replicar su frescura y experiencia vertida con concisión sobre la página. Tuvo la delicadeza de enviarme un libro por correspondencia. Por Internet la sigo, soy uno de sus cinco mil amigos que ve las fotos de sus premiaciones y viajes. Como la vez que la invitaron a Alemania y sus fotos la mostraban con abrigos de visón jugando frente a la cámara de un gringo enamorado de Sudamérica, ejecutando una técnica tan espontáneamente adquirida como su poética marginal. Quién sospecharía de su cara, accidentalmente pálida, sobre vagones y dentro de tiendas, quién desconfiaría de la poesía chilena.