“El Duende” De Cristian Geisse

Este texto corresponde a nuestra edición especial de cuentos 2017. Más info en nuestro Fan Page

Parte de esta historia comienza cuando me creía punk. Y digo me creía porque en realidad no era. De hecho todavía no soy ninguna cosa. Es raro eso, pero parece que todo el mundo espera que uno sea alguien. Incluso algo. ¿Y yo? Un animal confundido, eso es lo que soy. Algo le pasa a uno cuando es joven, el bicho que pica, la sangre que hierve, la sabiduría idiota de la adolescencia. Yo no tenía mayores razones para ser como era. Tenía una buena familia, sin grandes necesidades, pero he ahí siempre el desasosiego, la estupidez. A uno le dicen, le advierten, pero uno nada, como si oyera llover, no sé por qué. Ahora que ya estoy algo más viejo me he calmado, pero solo un poco. Sigo notando el bicho, la hervidura, la idiotez. Porque para qué andamos con cosas: siempre he sido un tiro al aire. A veces me detengo, me miro y todo me causa extrañeza ¿en qué momento tomé tantos caminos torcidos? ¿Para qué? He sido un tipo extraño, tal vez apropósito. Aunque no estoy tan mal. Es decir, en comparación con otros que conozco: esos sí que están pillados del todo, por la señora, por la pasta, por gendarmería de Chile. En ese sentido no soy el peor. De repente igual me entra la idea de que podría haber sido otra cosa, muchas otras cosas. Pero me pasó que llegué hasta donde estoy. Sin retorno. Y no es que esté arrepentido, las cosas son como son. Aunque podrían haber sido de otra forma, eso sí lo sé.

Creo que todo es culpa del aburrimiento. O bien de una baja tolerancia al aburrimiento. Y de una certera capacidad para escoger mal a los amigos. Por ejemplo en San Isidro.

No sé en qué momento me adherí a la ideología punk ¿por qué a esa y no a otra? No lo tengo en realidad claro. Tal vez era lo fuerte que sonaban los tarros, tal vez la vertiginosa perspectiva del caos, tal vez las ganas de mandar a la mierda a todos y a todo. No había nada de pro en mi etapa punk. No creía en el Hácelo tú mismo. No creía siquiera en el No hay futuro. No creía en nada. Quizás eso era ser punk, pero no sé bien.

Como sea, yo me creía punk y quería parecer un punk. Así es que usaba un candado al cuello, me vestía de negro, me pintaba el pelo y me ponía unos bototos de milico, incluso en el verano. En San Isidro se reían de mí y me echaban la bronca, porque ahí llamar la atención siempre es pecado. Pero yo me lo bancaba con gusto. Y así caían algunas minas además. En todo caso no era el único. Entre los varios idiotas que nos las dábamos, había uno que se llamaba Pedro Henríquez. El Pedro era un buen amigo. Uno de esos amigos que van y le dice a otro, ¿qué te pasa con mi amigo, conchetumare? de esos amigos que saltan por ti, que te defienden, que te apoyan, incluso en los errores. Tal vez porque no se dan cuenta de que son errores. La verdad es que no sé. Y el Pedro tenía un hermano, Néstor se llamaba, conocido como “El Italiano”. El Italiano era una delincuente, el terror de su familia, un verdadero cacho: salía, robaba, volvía, caía en cana. Ese no era punk, pero también tenía el bicho. Puede que haya tenido sus razones para haber sido así, aunque si las tenía yo no las conocí. Quizás qué le picó allá en Italia, porque allá empezó con sus cosas. De tanto caer en reformatorios, los padres se lo trajeron de vuelta. Pero en Chile nada cambió: cuando salía en Santiago, sus papás temblaban: no volvía en varios días, de pronto una llamada y había que ir a sacarlo de algún calabozo. Por lo mismo llegaron a La Serena, donde no se demoró nada en volver a hacerles la vida un tormento a todos. Y lo echaron. No una vez, sino varias. Pero él volvía sin que nadie lo llamara. En una de esas vueltas fue que pasó lo que pasó después, lo del acuchillamiento y la cárcel. Pero eso no es verdaderamente importante ahora.

Pasó que el Pedro nos presentó a su hermano, al que adoraba como algunos hermanos chicos adoran a sus hermanos grandes. Así es que el Italiano se empezó a juntar  con nosotros. Y tomaba con nosotros. Y fumaba con nosotros. Era mayor, tendría sus veintitantos años, tirando para treinta. En realidad no era mala tela. Pero se veía de lejos que estaba loco,  y eso para nosotros era una buena carta de presentación. Lo que pasa es que estábamos dispuestos a vivir la película del punk hasta el final, y él se veía como uno de esos personajes locos que en las películas te caen bien de lo puro locos que están. Pero ya se sabe, la cosa nunca es como en las películas. El Italiano nos llevaba a La Serena, allá tenía también unos amigos punks que eran igual de pavos, confundidos y estúpidos que nosotros. Al Italiano le caían bien los punk, porque eran casi amorales, les gustaba ser pal pico y casi no tenían miedo de irse al chancho con respecto a ciertas cosas, por ejemplo el trago y las drogas. Así es que nos hizo viajar a conocer a estos tipos que resultaron ser bastante mamones, aunque con un detalle que los hacía más bacanes que nosotros: tomaban tonaril. El tonaril es una pastilla que te hace alucinar fuerte; no son alucinaciones agradables, sino todo lo contrario: son verdaderas pesadillas, una especie de tortura mental autoinducida. Pero bueno, como nos creíamos pankis y queríamos ser mejores pankis que los serenenses, nos pusimos a tomar esas pastillas creyéndonos la raja.

Hay que decir que yo me estaba portando muy mal en ese tiempo. Me contaron que una vez me encontraron durmiendo con la mitad del cuerpo adentro del horno de la casa. Y con el gas dado. Yo no me acuerdo de nada. Pero después supe porque mi taita me sacó de ahí y al otro día me dio el sermón. Por ese entonces pasaban cosas raras por mi cabeza, y me había metido en un tete relacionado con una mujer. Yo estaba enamorado de esa mujer. Bueno, más bien estaba empotado. Lo único que quería era cachar como mono. Estaba pensando con la cabeza del pico. Y me metí en el tete del que les hablé. Pero como esos detalles dan por ahora lo mismo, me los voy a saltar. Voy a decir eso sí que había recién salido de cuarto medio. Había dado la prueba de aptitud para entrar a la universidad y por supuesto me había ido como el forro. Mi familia me dijo: la única oportunidad que te podemos dar es que te vayas a Antofagasta. Ya, dije yo. Y me fui. Fue una manera de despejarme, digamos que sí. Ahí hice mi vida; seguí pelusón también, aunque nunca tanto y con mucho disimulo. Tuve que ir a un preuniversitario, trabajar en un almacén y tratar de portarme bonito para que mis tías no llegaran con cuentos donde mis taitas. Pero el bicho seguía ahí, la sangre hervía igual, y yo seguía siendo el mismo idiota. Y a pesar de vivir en Antofagasta, yo me sentía unido con sangre a mis amigos de San Isidro, así es que solía recorrer las farmacias para llevarles tonaril.

En ese tiempo no había Cruz Verde, Farmacias Ahumada, ni ninguna de esas mierdas. Eran puras boticas de barrio, con el farmacéutico de lentes, despistado o haciéndose el huevón. Y la vieja gorda de delantal que hacía todo. Siempre hablaba con ellas: busco tonaril, 200 milígramos. No, es con receta, me decían. Ah, ya muchas gracias, hasta luego. Y me iba a otra. Me recorría quince farmacias hasta que una me vendía. No sé si habría dosis más fuertes que esas. Yo las compraba así, porque así las había conocido. Y si uno llega con esa propiedad a comprarlas, te las terminan vendiendo. Entonces partía a San Isidro con varios paquetes para llevarlas a los amigos punks. Porque después ya varios otros empezaron a usarlas. Los paquetes eran de muchas pastillas, unas doscientas. Doscientas a dos lucas apenas. Baratito. Con siete pastillas quedabai loco, así es que era negocio redondo: pesadillas a peso. A mí me gustaba tomarlas arriba del bus. Saliendo de Antofagasta, me echaba cuatro a la boca. Cuando se me apretaba la garganta y empezaba a ver cosas, me echaba otras tres. Horror asegurado, aunque era más tranquilo y relajado de lo que podría parecer, porque uno puede controlar un poco la volada. Igual hay que tener neuronas para manejar el estado y que la cosa no te mate del susto; y como yo era entonces joven, tenía esas neuronas. Aunque hay que decir que varias veces estuve a punto de volverme loco en medio de una crisis de pánico. Una vez, por ejemplo, vi al diablo.

Yo iba viajando de noche, sentado cerca del baño. Por alguna razón el bus estaba lleno de viejos. Siempre hay muchos viejos en los buses, pero esta vez eran más. Quién sabe, tal vez era una de esas promociones para la tercera edad, pero en realidad es poco probable porque casi no hablaban entre ellos, ni se reían de esas cosas fomes de las que se ríen los viejos cuando van en sus paseos de viejos. Además, eran viejos todos muy distintos. Es decir, había unos terniados, otros menos formales, otros pobres como ratas, sacando migas de pan de los bolsillos para echárselas a la boca. Era una simple coincidencia no más que justo ese montón de veteranos se hubiera subido a mi mismo bus. Pero bueno: yo ya me había echado los siete tonaril para adentro, cuando vi pasar a un viejo encorvado para el baño. En la noche, afuera de los baños, hay una luz roja que alumbra poco y que aunque no te hayas tomado ninguna pastilla, deforma todo. Antes de entrar vi como que me miraba de refilón, con su nariz ganchuda y una sonrisa mala en la boca. Entonces sentí como una aguja a la mitad del corazón. Eso no suele pasar con el tonaril, así es que me pareció raro. Era una aguja oxidada y gruesa que entraba poco a poco, causándome dolor. Cuando el viejo salió del baño, pude verlo más claramente. Era medio morado y tenía la cara llena de unas arrugas negras y hondas. Con la famosa luz roja sobre su cuerpo horripilante, su piel se parecía a la cola pelada de un perro tiñoso. Y la aguja ahí, entrando lentamente en el pecho. De pronto lo comprendí: era el demonio. Me miró y me hizo unos gestos: Eres tú, eres tú, eres tú –me decía sin que nadie más lo oyera. Te tengo, te tengo, tengo. Eres de los míos, eres de los míos. Y entonces se paró otro veterano, más arrugado todavía, con la cara llena de manchas y de esos lunares de carne y pelo que les salen. Se miraron y luego me miraron. Se empezaron a reír de mí. Y después llamaron a otros viejos y viejas. Llegó una en pelotas. No hay cosa más horrible que una vieja en pelotas: las tetas caídas, las piernas llenas de várices, lunares y pelos blancos en todas partes. Y se miraban y se reían y me apuntaban. Eres tú, eres tú, eres tú –me decían. Te tenemos, estás en nuestro poder, estás en nuestro poder. Eres de los nuestros, eres de los nuestros, eres de los nuestros. Me miré las manos y las vi flacas y arrugadas, con los huesos marcados, con manchas, uñas gruesas y moradas. O sea que era verdad. Yo era uno de ellos. Y la aguja oxidada ahora saliendo del corazón. Eso duró un buen rato. Después, cada uno de ellos partió a sentarse, riéndose como si la hubiesen pasado de maravillas y dejándome ahí, cagado de susto, tratando de acordarme de los rezos que había aprendido en catequesis hace muchos años atrás. A partir de ahí no tomé nunca más tonaril. Pero eso pasó harto tiempo después. La historia que quiero contar ahora es la del Duende.

Con el Duende a mí me han pasado muchas cosas, tal vez demasiadas. Algunas de ellas quisiera olvidarlas para siempre. La mayoría en realidad. Ya habrá ocasión de contar algunas de ellas, pero de muestra, un botón: Flash uno: Duende peleando contra toda una fiesta de matrimonio. Flash dos: Duende robándole los zapatos a un mendigo. Flash tres: un mendigo robándole a él los zapatos. Flash cuatro: Duende durmiendo con una jauría de perros, meado. Flash cinco: Duende ahogándose con el vómito. Flash seis: Duende acuchillando al Italiano. Y así podría seguir con los Flashes. Pero lo que toca ahora es una película que tengo clarita en la cabeza: la primera vez que lo conocí.

El viaje de Antofagasta a San Isidro duraba unas doce horas. Era primavera, estaba rico, florecían los árboles, los días eran frescos y radiantes, y las noches eran cálidas y con ese no se qué. Yo, por supuesto, me resistía a esa sensación agradable en el pecho y buscaba los jugos más corrosivos dentro de mí para echarme a perder la fiesta. ¿Por qué? Ya lo dije ya: era un imbécil. Aún así, muy a pesar mío, un aire ligero y optimista me llenaba los pulmones y me hacía sonreír. Siempre viajaba en la noche, sobre todo para irme alucinando mis pesadillas sin que nadie pudiera notar nada raro. Esa vez llegué, como buen provinciano, media hora antes al terminal. Me senté en el bus, feliz porque parecía que no me iba a tocar nadie al lado. Partimos y –cosa no muy habitual- apagaron las luces un rato antes de salir de la ciudad. Yo aproveché entonces de echarme unas tonariles en la boca. Al rato –lo recuerdo como si fuera hoy- paran el bus antes de salida de Antofagasta, porque había un gallo corriendo con un maletín en la mano. De lejos caché que era nervioso, hiperkinético, eléctrico. Entró al bus saludándolos a todos con la cabeza, caminando a saltitos. Flaco, fibroso, los ojos bien abiertos, la piel pegada al cráneo, los cachetes y los pómulos llenos de espinillas y puntos negros,  el pelo oscuro, con una chaqueta de cuero vieja, bluyines y bototos. Y su maletín. De esos maletines de ejecutivo, con chapa de números, antiguos ya incluso a esas alturas. Llegó a sentarse al lado mío. Yo ya lo había olido de lejos, es decir, a veces uno adivina cuando algo va a pasar, uno sabe lo que se viene. Pero –como les dije- yo no podía evitar estar feliz y contento. La gente en los buses es más bien parca, no se habla, permiso, buenas noches, abren la bebida, toman un trago y listo: no se sabe nada más de ellos. Pero éste, en cambio, llegó con todo, como arriba de la pelota, aunque no parecía que se hubiera echado nada para la mente. Tampoco traía tufo. Y empezó a hablar como una metralleta: Hola, compañero ¿cómo estamos? tuve que correr más que la chucha para alcanzar la máquina, menos mal me pararon estos conchesumadres, en todo caso tengo boleto, pero casi se me pasa el bus y pierdo como en la guerra. Acomodó su portadocumentos arriba de los asientos. Yo iba para el lado de la ventana, él para el del pasillo. Mientras acomodaba sus cosas siguió transmitiendo: Permiso, compañero, qué gusto ¿para donde va? Ah, qué bueno, no conozco por esos lados, yo voy a Calera a ver a mi hija, hace tiempo ya que no la visito, lo que pasa es que me separé, me pintaban muchos los monos, así es que mejor me fui, aunque también podría decirse que me echaron, mejor, ya estaba hasta la tusa, me hueviaba por esto y lo otro, la hueona odiosa, además estoy más que seguro de que me cagaba con un loco al que se la tengo jurada. Y siguió descuerando a su ex frente a mí, como si yo lo conociera toda la vida. De hecho, esa vez ni nos dijimos los nombres. Se notaba que era un poco mentiroso, de ese tipo de mentirosos que no mienten del todo, pero a los que le gusta exagerar las cosas. A mí, contrariamente a lo que se podría pensar, me anduvo cayendo bien. Estaba un poco loco, se veía a lo lejos, pero había algo amable en él, una especie de ingenuidad que cualquier otro llamaría estupidez, pero que a mí se me hizo simpática. Digamos que era de esas personas que no pueden evitar ser quienes son, y que por alguna razón se han rendido ante la evidencia y ya no hacen nada por disfrazarse. De pronto sale con un ¿Compañero, se tomaría un trago? Sí, claro, le dije yo, pero acá en este bus de adónde ¿Y cuál es el problema? Y va, saca el maletín, lo abre y pela un pack de latas, pst, pst, y glugluglu. Rico, cervezas heladitas, recién compradas en la botillería. A esas alturas ya habíamos salido de Antofagasta, nos habían pedido los pasajes y sabíamos que nadie nos iba a molestar. Seguimos conversando, era bueno para la talla, pero estaba loco, bien loco. Sabía de todo, pero se engrupía. Habló de su pega como obrero, pasó por los sindicatos, después por los signos zodiacales, remató con una teoría extraña sobre unos ángeles y demonios que habían bajado a la tierra en la antigüedad y que se habían cruzado con mujeres humanas. Así es que la mayoría de nosotros tenemos sangre de ángel y demonio adentro, dijo, y se río con una risa rara, que no supe interpretar. Hablaba rápido y sin descanso, era como una radio. Cuando la conversación derivaba hacia mí, indefectiblemente terminaba en él. Estudio en un preuniversitario… Ah, yo no pude entrar a la universidad, si hubiera podido estudiar, hubiese sido astrónomo, pero soy pobre como una rata  y ahora me basta con ver las estrellas así a ojo, peor es nada ¿o no, compañero?… Trabajo a veces repartiendo los encargos del almacén de mi tía… Una vez yo hice eso mismo, pero me caí en el triciclo tres veces seguidas y me echaron, me gustaba hacer piruetas, a veces me iba con los ojos cerrados, para sentir el viento en la cara, es la raja… Me gusta el punk… Yo escucho de todo, escuchaba metal, pero me aburrió; además, a casi todos los metal en verdad les gusta la cumbia, pero nunca quieren decir, como que les da vergüenza, a mí me da rabia que sean así, como fruncidos, encerrados en lo que quieren ser, pero sin ser lo que son de verdad…  Y así. Cuando apagaron la luz, la conversación se hizo más espaciada, con muchos silencios entremedio. Aproveché para sacar las pastillas, sigilosa y discretamente. Como dije, yo me tomaba cuatro primero y cuando se me empezaba a apretar la garganta, me echaba otras tres. Y con las cervezas, como que se me olvidó que ya me había tomado las primeras cuatro, así es que bien piola, me eché a la boca las que yo creía que eran las primeras. Me acordé entonces y me pegué como un salto. Entonces me cachó: oye, compañero, ¿qué estay haciendo? No, nada, son unas pastillas que me dio el doctor. Oye, pero si esas son tonariles, a mí el siquiatra me daba de esas. ¿Y porqué tuviste que ir al siquiatra? Cuento viejo, compañero, ya estoy bien ¿dame? Yo no le creí mucho, porque el tonaril, según sé, es para el parkinson; pero bueno, no estaba cien por ciento seguro. No, pásame de ésas, si yo he tomado antes ¿cuántas te tomai tú? Siete, pero me tomo cuatro primero y después me tomo otras tres. Ya, yo tomaba de más ¿dame unas siete al tiro? Es que sabís, mejor no… Pásame no más, no te preocupís, yo conozco este truco. Me hinchó las bolas hasta que le pasé las siete. A la media hora de nuevo se me olvidó que ya me había tomado dos veces la primera dosis y saqué de nuevo las pastillas para tomar las otras tres que yo creía que todavía me faltaban. Traté de hacerla mucho más piola para que el loco no me cachara, pero me vio igual y empezó de nuevo: Ah, te vai a tomar otras más, yo también quiero, las que me diste no me hicieron nada. Tenís que esperarte un rato. No, no, no, ¿cuántas te tomai tú ahora? Tres para completar… dame unas siete más. No, hueón. Dame otras siete, no te preocupís, yo sé de estas cosas. Mejor espera un poco. Dame no más, dame, no te urjai, yo me manejo. Ya hueón, toma. Pensé: este saco de pelotas, se va a tomar siete más, va a completar catorce y va a quedar como plancha dormido. Así que se las pasé no más. Me tomé otras tres y a los diez minutos, yo estaba pegado al techo. Pero al tonto ese todavía no le pasaba nada.

Eché el asiento hacia atrás como para ponerme cómodo con la alucinada, para agarrarme fuerte si se venía muy loca, o bien para dormirme mientras me daba la cosa. Y en eso iba cuando escuché el grito: ¡LA MARÍA, DONDE ESTÁ ESA CONCHESUMARE! TE APUESTO A QUE ME ESTÁ CAGANDO. LA MARACA CULIÁ. DÓNDE ESTÁ. ¡OYE, HUEONA, ADÓNDE ESTAI! Era el Duende, que me zamarreaba. Oye, le trataba de decir yo, qué te pasa, yo no tengo idea donde está. Y me hacía el dormido, para que no siguiera molestando. Así es que se paró y siguió con su idea: Oye, esta conchesumare, debe estar atrás poniéndome el gorro. Con el Italiano, con ese hijo de puta del Italiano, pero ya va a ver el culiao, nadie se ríe de mí, nadie. Y se iba para los asientos de atrás, gritando. ¡María, dónde estay! Y dale con lo del Italiano. Y mencionaba a otros que según él le habían hecho la jugada catorce. ¡El Ochoa, el Ochoa también me la hizo! ¡Y ese conchadesumadre del Ladilla igual! Lo raro, lo que me tuvo cachúo por mucho tiempo, era que todos los nombres que gritaba, eran de gente que yo conocía: Y ése conchadesumadre del Tetoreto, ya va a ver. ¡Y el Maradona, el Maradona también me la hizo, que no se haga el hueón! Pero me los voy a cagar, ¡ME LOS VOY A CAGAR A TODOS! Y seguía, trastornado: María, donde estay, conchetumare, ¡voh la hay visto! Y zamarreaba a alguien del bus: Voh siempre te la hay agarrao también. ¿Ah, no? ¡Cómo que no! ¿A voh te dicen Calaca? pero cuando vea al Calaca le voy a dar, le voy dar. Y así seguía, palabreando a pasajeros a los que nunca había visto antes en su vida y diciéndoles el nombre de mis amigos de entonces. Yo sabía que estaba volado, pero no podía dejar de extrañarme. Después llegó de nuevo donde mí y se quedó un par de minutos mirando a la nada.

Yo pensé que se había tranquilizado por fin, cuando de repente empezó: el maletín, dónde está el maletín. Ahí le dio más fuerte: iba el loco de mierda y abría de golpe la puerta del chofer. No sé si cachan, pero esa puerta es bien pesada, cuesta mucho abrirla, pero él llegaba y ¡CLA! De un golpe la abría y zamarreaba el hombro del chofer, diciéndole oye, dónde quedó mi maletín, mi maletín, quiero mi maletín. Y el chofer manejando por la ruta horrible esa, un camino angosto, lleno de hoyos, a la mitad de la noche. El chofer entonces lo miraba y como que no entendía nada y le pedía que saliera, pero él no, mi maletín, dónde está. Y partió para atrás y volvió con el auxiliar. Lo llevó hasta allá adelante y después se devolvieron, miraron en los compartimientos arriba del asiento y ahí estaba. Ah, ya, ahí estaba, es que mi maletín, es importante mi maletín, no se me puede perder el maletín. Se sentó un rato. De pronto tomó aire y empezó de nuevo: María culiá, te voy a buscar, estoy aburrío que me estís cagando, hasta cuando te vai a reír de mí, quién te habís creído que soy. Ahí yo me hice el dormido al máximo, como roca, pero lo escuchaba todo: por un buen rato le dio de nuevo, que la María, que el maletín. Hasta que en un momento por fin lo venció la cosa. Yo me relajé entonces y también me dormí. Quizás cuánto rato habría pasado hasta que le dio de nuevo y me despertó. Partió donde el chofer, abrió la puerta de golpe y lo interrogó por el maletín, oye, mi maletín, dónde está, no se puede perder, tengo que tener mi maletín, alguien lo sacó, arréglame el problema, porque si no me voy a enojar en serio. A mí igual me dio susto, porque lo zamarreaba al chofer y uno no sabía con qué iba a salir de un momento a otro. De pronto, al auxiliar se le prendió la ampolleta y llegó con él a buscar el maletín, mientras lo palabreaba que ya iban a parar a buscar a la famosa María: por la radio nos avisaron que alguien llamado María lo va a estar esperando aquí en el cruce para Villa Muerta. Entonces, a la mitad de la noche y el desierto, lo bajaron con su maletín, sin que él sospechara nada. Aquí va a ver la maraca, iba diciendo, acá va a ver. Tome su maletín, señor –decía el vivo del auxiliar- es importante. Claro que es importante, no lo puedo perder, no sabe lo que ando trayendo en este maletín. Lo bajaron entonces y se quedó ahí, en medio de la noche, a la mitad del camino.

Y pasa con el tonaril, que de pronto te vienen momentos de lucidez, súbitamente, sin menor aviso. Entonces te das cuenta de todas las idioteces que has estado imaginando, que has pensado, que has hecho. Son diez segundos nada más, después te agarra la cosa de nuevo, subes hasta el cielo y sigues alucinando.

Yo lo miraba desde arriba del bus, y vi, entonces vi en sus ojos, en sus actitud, que los diez segundos de lucidez se le prendían en la cabeza mientras el bus partía. Entonces, yo no sé lo que pasó entonces, pero me estaba empezando a dar risa cuando me veo a mí mismo en la ventana, con una sonrisa en la boca, sobre el bus, diciéndome chao. Miro para todos lados y no veo más que noche y desierto, un chorro de estrellas y un maletín. El bus partía conmigo mismo arriba, diciéndome adiós con una sonrisa chusca en la boca, dejándome ahí mismo a la mitad de la nada, sintiendo humillación, frío y horror, en el centro de la nada y de lo oscuro.

Esa fue la primera vez que lo vi al Duende. Lamentablemente no fue la última.

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