“Tragaperras” De Natalia Berbelagua

 

Este texto corresponde al primero de nuestra edición especial de cuentos 2017. Más info en nuestro Fan Page

El trago, ese brebaje de distintos rostros que me enamoró hasta el punto en que tuve que asistir a esos ridículos grupos de ayuda donde un tipo de nariz enquistada nos daba fuerzas para no pensar en ese estado de gozo que traía consigo cada copa. Nos hablaba de Dios, de que el cuerpo es un templo que profanamos por desconocimiento, por soledad, maquillándolo de diversión, inventando celebraciones para seguir chocando el vaso en la barra hasta que era la cabeza la que caía en un último golpe de frente.

Mis compañeros eran tipos que me superaban en años y nivel de adicción, la mayoría de ellos había perdido propiedades, trabajo e incluso familia. Otros tantos eran ludópatas. En vez de cargar herramientas en sus maletines, transportaban cartolas diarias con estadísticas de las últimas carreras, guías personales, cálculos de rachas favorables. Su caso era tanto más complejo, ya que las visitas al casino, al hipódromo o a las casas de apuestas acaban casi siempre en borrachera. Como terapia debíamos escribir un diario de vida para relatar las dificultades de la abstinencia. A la única persona que le permitía leer mis pensamientos era a Estela, una argentina de cuarenta años que salió de su país con la difícil misión de escapar del circuito de juego. Aún recuerdo cuando me contó su historia, acaso la de su noche más triste, que como en toda fatalidad que se avecina se inició con una mañana llena de optimismo y buenas intenciones.

Fue el día de pago de mi trabajo y la pensión de mi esposo. Salí de casa dispuesta a pagar la hipoteca y algunas deudas que habíamos adquirido el verano anterior para visitar unos parientes en Rosario. La maldición es que casi como una autómata me desvié del camino, como si pudiera sentir el olor del juego. Cuando tomé conciencia de lo que hacía ya estaba jugando en una de las tragaperras. Gané doscientos pesos en las primeras dos horas, luego el panorama se fue a negro por culpa de los mirones. Un piño de mujeres que tenían los ojos puestos en la pantalla. Pensé que estaban allí para ver cómo hacía para vaciar la máquina, pero en cuanto comencé a ganar se me fueron encima para arrebatarme las fichas. Querían robarme, por protección las eché a todas.

Con las manos temblando abrió una botella de agua y bebió un trago apurado, le puso la tapa y la dejó en el piso. Repitió el movimiento a los pocos segundos, esto aumentaba la tensión de su relato.

-Nos decían las meonas. Algunas de las mujeres que jugaban conmigo se les acercaban a los taxistas que estacionaban afuera del casino a venderles relojes y otros objetos de valor. Una vez le dije a un chofer «Estoy dispuesta a hacer lo que sea por cien pesos». El tipo me miró haciéndose el boludo, acomodó el espejo retrovisor y se dio la vuelta. Al tocarme y darse cuenta de que llevaba un apósito me dijo que era una cerda, me escupió la cara y me obligó a bajar.

Usábamos pañales de adultos, de esos que les ponen a los viejos cuando no controlan esfínteres. Era común usarlos entre las más adictas. Una se las podía pasar veinticuatro horas jugando sin siquiera pisar el baño.

Estela se transformó en mi amiga, tachábamos cruces negras en un calendario que nos regaló el carnicero del barrio para las fiestas de fin de año. Nos sentíamos poderosas al saber que la fuerza de voluntad se imponía al temblor de manos y la sequedad de boca, aunque no todo era amistad en el Centro de Rehabilitación. Después de que se enteraran de ciertos datos escabrosos del pasado de Estela, algunos de los internos se reían en las esquinas, pavoneándose de no haber caído tan bajo. Yo notaba esas caras de desprecio, tenía conciencia de mi propio rostro cuando los veía hacer burlas sobre los pañales. Se sentían muy seguros encerrados en esa cárcel con vigilantes durante el día y la noche, ya me hubiese gustado verlos en el mundo real, pasando por fuera de las botillerías, mirando las espectaculares vitrinas de los depósitos de licores, porque hasta el alcohol más barato gozaba de cierta espectacularidad al ser exhibido tras un vidrio. No sé si estábamos listas para dejar la casa, pero lo hicimos. Arreglamos un bolso con nuestras cosas y saltamos la reja en un día de lluvia. El muro era menos alto de lo que creíamos, de un salto ya estábamos afuera, libres de cuerpo, sin saber hasta qué punto tentar a la suerte.

*

Estela telefoneó a su marido para avisar de que le habían dado el alta. Mi amiga, él y yo sabíamos que eso era falso, pero de todas maneras era mejor decir que estaba bien. Antes de que él pudiera decirle algo cortó el teléfono. Durante unas ocho horas dimos vueltas por la ciudad. El problema no era el casino, ni los bares, ni las botillerías, el problema estaba en nuestras cabezas. Durante la estadía en esa casa donde nos trataban como idiotas, pude tomar conciencia de que podían ser los juegos de azar, el tabaco, los licores o cualquier otro estímulo que no necesariamente debía tener un carácter destructivo, todo radicaba en no tener freno. Tenía esa misma actitud obsesiva con algunos hombres.

Fui yo quien acompañó a Estela a su mundo de luces doradas, fichas, ruletas y cartas. Pude ver su ansiedad, el sudor que resplandecía en su cuello, la furia con que se desgarraba las cutículas hasta dejarse los dedos imposibles por no tener dinero con qué jugar. En algún momento de la noche no soportó la angustia y fue a encerrarse en un baño. La encontré practicándole sexo oral a un tipo gordo con la piel colgándole de la cara como una máscara de mala calidad a cambio de unos billetes. La esperé afuera para volver a la sala de juegos. Parecía otra, sus ojos resplandecían, podría decir que hasta se veía más joven. Decidí dejarla por algunas horas para ocuparme de mis propios asuntos. Mi regreso al alcohol fue con bombos y platillos. Llegué al bar a las nueve de la noche, estaban todos mis amigos. No tenía dinero pero no fue necesario, ellos mismos me invitaron a unas cervezas. El dueño del local me invitó a unas líneas de coca. Yo brindé por el momento en incontables ocasiones, reí hasta que ya no tenía ganas, golpeé la mesa hasta que me estropeé los nudillos, hasta que me remecieron a la hora de limpiar el local. No podría señalar que hora era, sí que era una madrugada muy fría. A lo lejos reconocí el monumento a los marinos, podía ver esa llama en medio de la niebla. Me revisé el abrigo esperando encontrar un cigarrillo, pero en vez de eso había una pequeña bolsa de cocaína que dejó algún ser de buena voluntad para ayudarme. Me di unos puntazos mirando las faenas portuarias en el Muelle Prat. Luego abordé un microbús decidida a buscar a Estela. La encontré en la misma máquina, con los ojos inyectados en sangre, más ebria que yo, con la blusa abierta y el pelo enredado. A dos máquinas estaba el tipo del baño, tomándose el pecho mientras se le doblaban las rodillas y caía al piso. Me acerqué para ver si respiraba. No tenía signos vitales. Estela fue de la idea de que me sacara la chaqueta y se la pusiera encima para que el cuerpo no se enfriara mientras llegaran los guardias. Cuando llegó la ambulancia muy pocos se dieron la vuelta para mirar como levantaban el cuerpo, el ruido de las tragaperras era más fuerte.

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