Cola, Fuertona y Periférica

Por Matías Suárez

            Salgo todos los días con miedo a no volver. Soy cola y vivo en La Pintana, una de las comunas más pobres y periféricas de Santiago. Nunca he vivido en otro lugar y creo que La Pintana ya vive en mí. Vive en mí ir a la feria y ver a las caseras que les suda la gota por mantener a pie su casa, en esperar eternamente una micro que no me va a parar, en el constante olor a porro en cada plaza y paradero de micro. Y también vive en mí en el miedo.

            Siempre he vivido con miedo, desde pequeño lo sentía y no sabía por qué. Ahora tengo más que claro que es miedo a morir, miedo a que me maten por ser el monstruo que soy. Por ser una cola que se le nota a leguas que viene con la patita atrás y con el paraguas dado vuelta. Por ser un huacho sin papá, porque a la mamá la abandonaron y le quedó este hijo con marcas de dolor que no se borran. Por ser de la pobla que nadie se atreve a recorrer porque prefieren ver los dulces parques de Providencia que jamás han llenado mi barrio. Y ese miedo vive conmigo todos los días y dudo que dejemos esta convivencia que llevamos.

            Antes era peor, porque ni siquiera me permitía tener miedo. Hacía todo lo posible por pasar desapercibido y que nadie se diera cuenta de mis pétalos. Usaba ropa que jamás me vistió, tenía el pelo como nunca me vino y hablaba en un tono que jamás hizo que me escucharan. Pero las cosas cambian, y entre tanto golpe, tanto grito y tanto odio que uno se gana en la calle y en los lugares que estudia solo le dan ánimos para volverse la más fuertona del barrio. Ver cómo matan día a día a tus compañeras y compañeros de lucha solo me han dado fuerzas para seguir adelante por el tiempo que ellos no alcanzaron a tener debido a que el odio se los llevó tan temprano. Entender cómo mi mamá se saca la cresta todos los días en un trabajo de mierda para poder llevar un pan a la mesa solo me dio armas para luchar por llevar cosas más importantes a la mesa.

            Porque entendí que el miedo no se va a ir. Entendí que aunque luche todos los días por pasar desapercibido no van a dejar de matarme día a día. Comprendí que, aunque me cambie de comuna, La Pintana siempre va a vivir en mí, en mis cicatrices, en mis lágrimas y en mis horas de insomnio con ganas de despertar en un mundo mejor. Y aceptar eso me convirtió en la loca que soy hoy. Una cola fuertona que habla con agudeza de tono y de opinión. Una loca que se pinta las uñas que tanta sangre han desgarrado, se delinea los ojos que tanta crueldad han visto y se pinta esos labios que tantas veces permanecieron cerrados por miedo. Una periférica que encontró en la disidencia y el feminismo la salida a tanta angustia que la carcomía por las noches. Un huacho que se vio en cada marcha luchando por lo que creía en vez de quedarse de brazos cruzados bajo las sábanas de su cama.

            Porque caminando por mi querido barrio comprendí que la cola fuertona que soy viene de ahí. La construcción de mi identidad es a partir de la pobreza con la que convivo todos los días a mi alrededor, viene de la sangre de las travestis asesinadas cerquita de mi casa, viene de la plaza pobre sin juegos donde voy a sentarme a fumar un pito en la solitaria noche, viene del almacén donde me conocen desde chiquitito y que ya entiende que esta flor ya tiene su color definido. Cosas que nunca he comprendido caminando por la Alameda, porque esa calle tiene quizás otra historia, o por Providencia, porque esa calle es una farsa que se cae a pedazos. Cosas que jamás entendí escuchando al Movilh o a Iguales. Porque a ellos no les importa si a las colas periféricas nos matan, que nos maten de hecho, deben pensar, porque así podemos trabajar las que tenemos plata y poder, las pobres no sirven para nada más que para quejarse y dar pena.

            Y no, no doy pena. Doy alegría; doy miedo. Doy alegría a la gente que cada día espera verme para escucharme una y otra vez hablar de las luchas que me guían, a mi madre que día a día espera que no le maten a su niño. Me doy alegría a mí mismo porque nadie más me la quiere dar. Doy miedo a los odiosos de la pobla que miran de reojo a este maricón amujerado, a los evangélicos que se ponen al frente de mi calle a gritarme que debo morir. Me doy miedo a mí mismo, porque aprendí a quererlo, porque sé que no se va a ir y porque sé que hay gente que le toca peor. Y es un sentimiento de mierda saber que hay gente con más miedo a que la maten que tú.

            Pero así como el miedo vive en mí, también vive la esperanza. Esperanza de que algún día una cola fuertona pueda salir a darse una vuelta por su pobla sin miedo no llegar a su casa. Esperanza de que día a día las luchas que voy construyendo con mis compañeros y compañeras vayan dando frutos, y que esos frutos nos los podamos comer entre todos. Esperanza de que en cada momento que se viene el miedo con el que convivo se esconda más y más hasta dormirse sin molestar.

            Ser cola no es fácil. Ser cola y fuertona es aún más difícil. Ser cola, fuertona y periférica puede llegar a ser una tortura. Y no pretendo hacerme el héroe de la novela que nadie lee, pero me da rabia, me da rabia que maten a mis amigos, que silencien tantas voces que quieren ser escuchadas, que cierren tantos ojos que quieren ver el cambio, que saquen tanto maquillaje que solo quiere brillar. Y esa rabia me sirve, me alimenta. Me empuja a seguir resistiendo, por mí y por todos mis compañeros, como dice ese juego que tanto me gustaba jugar con mis vecinos en la esquina de mi casa. Y aprendo a vivir y escribir con esa rabia, porque al igual que el miedo, no se va nunca.