El Vapor De La Homoerótica

Por: Matías Suárez

Uno de los secretos peor guardados de los colas siempre ha sido la existencia de un cierto sauna, en una supuesta calle, en un privado número de tres dígitos. Y como si fuera motivo de vergüenza querer disfrutar de los placeres que nos ofrece la alta temperatura del erotismo evaporado del lugar, cada uno asiste calladito. Que voy a quedarme donde una amiga o que simplemente voy a salir por ahí con unos amigos. Y resulta que uno cuando está con unos traguitos se le ocurren estas cosas, como ir al secreto lugar en vez de llegar borracho a mi casa, después de una fiesta cercana al barrio Bellavista.

Camino al lugar me empezaron a sudar las manos, estaba nervioso, pero excitado a más no poder. El solo hecho de imaginarme rodeado de tantos cuerpos y de tanta seducción y deseo carnal me tenía al borde de una húmeda explosión. Ya me iba imaginando todas las cosas sucias que iba a hacer y cómo iba a contarle después a mis amigos que me sentí toda una Divine explorando hasta el más profundo de mis morbosos deseos.

Cuando me quedaba poco para llegar, la excitación comenzó a desaparecer y ya solo quedaba nerviosismo, ¿y si me contagio algo?, ¿y si me encuentro a alguien que conozco?, ¿y si nadie quiere conmigo? Lleno de dudas comencé a cuestionar mi ardiente deseo de ir al lugar, así que llamé a una amiga, no sé si para que me convenciera de devolverme a la casa a seguir fantaseando con el calor de la piscina o para que entrara y liberara todos mis deseos más oscuros. Me terminó diciendo que no fuera tan exagerado y que entrara no más, que nadie me iba a hacer algo que no quisiera y que me cuidara, me aconsejó mientras me dejaba un sabor agridulce en el oído. Así que le hice caso y dejé de lado toda represión de placer, me saqué todo el prejuicio que llevaba arrastrado y con el cuerpo lleno de trago entré al lugar en esa solitaria calle.

Casi como un primer día de clases, donde uno se siente un aprendiz de todo y necesitas que otra persona te guíe. Así comenzaba este viaje, porque uno bien vergonzoso le pregunta al recepcionista los precios, y ya, cinco lucas no es tanto para una noche como esta. ¿Y qué hago con esta toalla?, le pregunté:“tienes que sacarte todo, pasar a las duchas, ponerte la toalla si quieres y darte una vuelta por el lugar para ver qué sale” me dijo con un tono que denota que le ha dicho lo mismo a quizás cuantos jóvenes primerizos como yo-. Me meto a la ducha, observo con detalle a mi alrededor. Nadie dice nada, todos parecieran entender para qué estamos ahí. Comienzo a hablarle a un tipo a mi lado, que me dice que hace tiempo no venía, y me aconsejó estar tranquilo y disfrutar la experiencia. Y qué iba a pensar yo en disfrutar si hasta se me pasó lo borracho del nervio.

Como una presa en territorio depredador comienzo a caminar por el lugar. Primero, la piscina. No sabía si el hecho de que estuviera tan llena o que fuera temperada me causaba algo raro, algo que me decía: no te metas ahí. Y no lo hice, sino que subí una escalera, donde ninguna luz alumbraba mi camino. Piezas con camillas, piezas con cama, piezas con sillas y televisión llena de porno. Nada parecía interesante en esas habitaciones, así que seguí recorriendo, cuando finalmente llegué al sauna.

Ya sentado entre los vapores que me abrazaban, me quedé dormido por unos segundos. Al despertar, había un hombre a mi lado. Entre miradas y el calor desprendido de los cuerpos, entré en el mundo que me habían prometido. Entre besos y manos que se enredaban como serpientes sobre mi cuerpo, la excitación nos llevó a un baño, donde luego del necesario trámite de solo comenzar lo deseado, si existe protección, la visión espectadora de algunos que paseaban se transformaba en una explosión de deseo que me llevó finalmente al punto cúlmine de esa enredadera de cuerpos que éramos. Esa sensación probablemente no se me olvidará, sobre todo esa de que ni siquiera recuerdo su rostro. Ya pasó, me dije mientras descansaba en una silla, ya sin la toalla, pues el pudor pareciera haberme abandonado. No sabía si debía buscar algo de nuevo, si irme, si quedarme. Cuando en un momento, llega un tipo a conversarme y me ofrece una línea de algo que me va a llevar de viaje a no sé dónde. Creo que ahí fue donde pensé que quizás ya era hora de irme. Comienzo a caminar y sin poder evitarlo, caigo de nuevo en esa selva de manos que había en cada pasillo, dejándome llevar por el placer de tocar y sentir cuerpos que me arrastran dos veces más a esa sensación sublime del orgasmo.

Ya sin fuerzas, logro divisar por una ventana que el sol se asoma saludándome como si supiera lo que hice esa noche. Rechazo a un tipo que busca quizás su última experiencia de la noche porque apenas ya me puedo el cuerpo. Voy a buscar mis cosas y mientras me visto pienso en algo que no se me olvida: nadie nunca me preguntó nada, ni de dónde venía ni quién era, y yo tampoco le pregunté a nadie. Quizás era la excitación y las ganas de hacerlo rápido, o quizás en ese lugar a nadie le importan esas cosas, porque los cuerpos sin ropa no distinguen diferencias, o eso trato de convencerme.

Vestido, me despido del recepcionista, al cual sin duda no le importa en lo absoluto lo que hice ni que yo llegue seguro a alguna parte. Mientras camino por la calle, con el sol en la cara, me pregunto si volvería a repetir la experiencia. Probablemente sí.