¿”Light show” o “Selfie Show”?

Observar la calculada felicidad ajena a través del Instagram es un ritual desagradable que hago todos los días. Hay algo mágicamente morboso en desplazarse por la página inicial de la aplicación. Un día viendo entre potos, siluetas y neumáticos, llegué a dar con una cara sonriente posando en lo que parecía ser un estudio fotográfico extrañamente iluminado. Seguí viendo la galería y me encontré con que venían de una exposición traída casi como de una fiesta de luces. Unos días después, una amiga me invitó a dicha exposición que se llamaba “Light show” de la Fundación Corpartes.

Cuando acepté, recordé las huellas que dejó Yayoi Kusama en este país: un montón de rostros sonrientes recién eyaculados por un tarro de pintura. Recuerdo que en ese tiempo de amargura esnobista, también descubrí el nombre de Catalina Saieh, hija del emperador Álvaro Saieh. Ella es la directora de Corpartes y del Sanfic, dos espacios frecuentados por la élite y el ascendismo, definidos por una línea editorial (a mi parecer) más orientada por el marketing que la vanguardia. Pero qué diablos, pensé, qué pierdo con sacarme una foto ahí.

Licuadora de luz

Cuando llegamos a rosario norte 660, tuvimos que buscar bien la dirección porque nos perdimos. Claro,venimos de Puente Alto y llegando a Las Condes se nos tapan los oídos y nos cuesta un poco ubicarnos en el cerro. Yo sabía con la chicha que me curaría, pero de todas maneras me dispuse a entrar al Corpartes. Entramos por un edificio que estaba lleno de oficinistas y bajamos por un ascensor hasta donde se hacía una fila para entrar. Ahí se encontraba la típica guía turística que tira la talla para amenizar el momento.

Lo primero que nos mostró fue una instalación repleta de luces led que simulaban el tránsito de una concurrida avenida de Nueva York. Después, pasamos a ver una sala donde había una estructura que caía del techo: era como una lámpara gigante que se situaba en el centro de la sala. Esta reproducía eventos atmosféricos y la vida natural, por lo que se podían ver enjambres de abejas, truenos, lluvia bla bla. Claramente la secuencia de luces era interesante, pero no tanto como la audiencia que las veía: esperaban con ansias la autorización de la guía para sacarse una foto, no sin antes esperar al mejor color de fondo.

Mientras avanzábamos me pregunté si había alguna relación entre las personas que asisten a estas exposiciones y los objetos que ahí se mostraban. Porque de alguna manera te predispones a ponerle mucha atención a cómo saldrás en la foto para Instagram, que a qué te hizo sentir lo que estabas viendo. No es de extrañarse, mal que mal vivimos en una época donde la gente asiste a conciertos solo para verlos a través de su celular. Hoy la cámara es una extensión humana, casi como una pieza robótica, todo momento debe ser fotografiado.

Cuando ya nos acercábamos a la última instalación, un grupo de niñas tipo “Belibers”, se me acercó:

-Hola, disculpa ¿Nos puedes tomar una foto?- Me dijeron

-Sí claro- les contesté

Les tomé la foto a regañadientes. Les saqué varias para que no fueran a molestar de nuevo. Todas salieron lindas y el flash les rebotó en sus frenillos y dientes perfectos.

Ya entrando a la sala que ocultaría la última instalación de la expo, la guía nos dijo que debíamos apegarnos a la pared y formar una fila y tocar el hombro de la persona que estuviera adelante para que no nos fuéramos a caer. Eso abrió mi cajita de curiosidad. Entramos y no se veía nada más que una pared de apariencia infinita. Ahí, metafóricamente pude deducir que en esa habitación se guardaban mis deseos más ocultos, mi mea culpa, así que decidí tomar el botín y sacarme una selfie con mi amiga.