Horcos de La Horca: “Phenomena” de Dario Argento

Por Pantógrafas

Phenomena, del director italiano de culto Darío Argento, estrena en pantalla grande en 1985 a una quinceañera Jennifer Connelly, con el papel de Jennifer Corvino, la que por decisión de su padre debe permanecer unos meses en un instituto para señoritas ubicado en plena Transilvania Suiza. Paisajes tan verdes como alejados de la urbe son el entorno que, además de ocultar los crímenes y al asesino serial, afectarán a la protagonista a nivel metafísico: incrementando sus estadios de sonambulismo y potenciando sus poderes extrasensoriales, materializados en un extraño magnetismo que genera en los insectos.

Corvino se despierta a media noche, el televisor está encendido, su compañera de cuarto duerme. Nadie es testigo de su noctambulismo. Iluminada en la penumbra —como salida del cuadro Sonámbula de John Everett Millais— comienza a deambular vestida con un blanco camisón por los pasillos de la escuela. Irrumpe una abrupta secuencia de planos acelerados que la muestran avanzando por surreales túneles blancos, emulando una estética de subconsciente perfectamente lograda que se contrarresta con planos de movilidad del personaje por una pseudo realidad, a su vez truncada también con cuadros intermitentes que develan al asesino en plena acción.

Esta escena se posiciona como primer quiebre en el guion, develando las especiales aptitudes de la protagonista y configurándose como artificio refractor de los planos de realidad aleatoria a los que se transporta la mente de ésta. Sirve también como ejemplo de la construcción estética del film; que se resume en obligar al público a desprenderse de la clásica serie pictórica, reformulando su mirada a un efecto-serie de intervalos drásticos, que se corresponden a una monstruosidad de salto fílmico y visual solo comparable a la del collage. Argento representa entonces la agonía psíquica de la protagonista bajo un filtro de (de)formas, desde el cual se presenta el mundo abstracto de Phenomena y mismo desde el cual al espectador se le permite decodificar.

Esta cualidad de tipo agónica de la que hablo, la que la configura como esta fémina paradigmática desde la cual la trama adquiere su movilidad, significa lidiar constantemente con elementos que le son propios, originales, pero que no se corresponden a la normalidad supeditada a ella —marginada por sus pares debido al particular comportamiento condicionado por el sonambulismo y reducida por el medio institucional a la arbitraria etiqueta de “enferma” o aún más radical: “loca”— la obligarán a construirse desde una esfera que, por el carácter del mundo excluyente que la origina, podría catalogarse como residual. Agravante directo que condiciona el acto de reconocerse y que no le deja más opción que asumirse a sí misma desde lo extraño y marginado, como una figura totalmente ajena al constructo tipo de “mujer sana”.

Ya auto-reconocida como agente excluido y singular, Jennifer podrá explorar y convertir lo que hasta ahora había sido un difuso diálogo con insectos y otras criaturas, en un arma de calibre paranormal; que utiliza, en primera instancia, de forma intuitiva y en función de la defensa de su integridad, que se ve transgredida por sus pares y que, luego, empleará deliberadamente para rastrear y enfrentar al asesino. Entonces, solo en cuanto ella asume la monstruosidad como una cualidad propia, desde ella y hacia ella; deshaciendo limitantes, liberando prejuicios y estigmas mundanos, podrá entregarse de lleno a sus poderes fenomenales.

Phenomena conjura de ésta forma la belleza de tipo convulsiva: esa belleza estética de lo ajeno que solo es concebida en función del movimiento propio. Y no traigo esto a colación solo debido al plano estético evidente, sino que también por la mutabilidad de la figura de Jennifer Corvino, que presenta giros desde la imagen de una adolescente frágil y acontecida hacia la construcción y reformulación en fémina súper poderosa, la anti-heroína.