“Las musas inquietantes” de Sylvia Plath, leída por ella misma

En 1957, Sylvia Plath (27 octubre 1932 hasta 11 febrero 1963) -poeta amada, artista secreta, diarista dedicada, amante apasionada, espectadora juvenil de la trascendencia de la naturaleza, reprimida y”adicta a la experiencia”, participó de una lectura en el programa The Poet’s Voice.

The Poet’s Voice fue un programa realizado por la BBC, en donde reconocidos  poetas – y no tanto-, iban a leer sus poemas. Sylvia Plath postuló una vez y no la aceptaron. Sin embargo entre 1960 y el 10 de enero de 1963 – tan solo cuatro semanas antes de que se quitara la vida –  produjeron al menos 17 emisiones conocidas para la BBC, en los que Sylvia leyó entre otros “Las musas inquietantes”, que te presentamos  a continuación.

En palabras introductorias a lo que será la lectura del poema “The disquieting muses”, Plath dice:

Un poema no puede tomar el lugar de una ciruela, o una manzana. Pero al igual que una pintura puede recrear, por la ilusión, la dimensión se pierde por estar confinado a la lona, por lo que un poema, por su propio sistema de ilusiones, puede configurar un mundo rico y aparentemente viven dentro de sus límites particulares. La mayor parte de los poemas que introduciré en los próximos minutos, intentaré recrear, a su manera, las situaciones concretas y paisajes y, muy enfáticamente, de las cosas de este mundo.

Cuando digo “este mundo” incluyo, por supuesto, los sentimientos como el miedo y la desesperación y la esterilidad, así como el amor interno y deleite en la naturaleza. Estas emociones más oscuras bien pueden ponerse la máscara de cosas bastante no mundanas, como fantasmas o duendes o dioses antiguos.

THE DISQUIETING MUSES

Mother, mother, what illbred aunt
Or what disfigured and unsightly
Cousin did you so unwisely keep
Unasked to my christening, that she
Sent these ladies in her stead
With heads like darning-eggs to nod
And nod and nod at foot and head
And at the left side of my crib?

Mother, who made to order stories
Of Mixie Blackshort the heroic bear,
Mother, whose witches always, always,
Got baked into gingerbread, I wonder
Whether you saw them, whether you said
Words to rid me of those three ladies
Nodding by night around my bed,
Mouthless, eyeless, with stitched bald head.

In the hurricane, when father’s twelve
Study windows bellied in
Like bubbles about to break, you fed
My brother and me cookies and Ovaltine
And helped the two of us to choir:
“Thor is angry: boom boom boom!
Thor is angry: we don’t care!”
But those ladies broke the panes.

When on tiptoe the schoolgirls danced,
Blinking flashlights like fireflies
And singing the glowworm song, I could
Not lift a foot in the twinkle-dress
But, heavy-footed, stood aside
In the shadow cast by my dismal-headed
Godmothers, and you cried and cried:
And the shadow stretched, the lights went out.

Mother, you sent me to piano lessons
And praised my arabesques and trills
Although each teacher found my touch
Oddly wooden in spite of scales
And the hours of practicing, my ear
Tone-deaf and yes, unteachable.
I learned, I learned, I learned elsewhere,
From muses unhired by you, dear mother,

I woke one day to see you, mother,
Floating above me in bluest air
On a green balloon bright with a million
Flowers and bluebirds that never were
Never, never, found anywhere.
But the little planet bobbed away
Like a soap-bubble as you called: Come here!
And I faced my traveling companions.

Day now, night now, at head, side, feet,
They stand their vigil in gowns of stone,
Faces blank as the day I was born,
Their shadows long in the setting sun
That never brightens or goes down.
And this is the kingdom you bore me to,
Mother, mother. But no frown of mine
Will betray the company I keep.

Versión en español

 

LAS MUSAS INQUIETANTES

Madre, madre, ¿qué tía tan mal nacida
O qué prima tan desfigurada y repulsiva
Te llevó a cometer la necedad
De no invitarla a mi bautizo, al que ella
Mandó en su lugar a esas señoras
Con cráneos como huevos de zurcir que cabeceaban
Y cabeceaban sin parar arriba y abajo,
A un lado y al otro de mi cuna?

Madre, tú que inventabas a nuestra medida
Los cuentos de Mixie Blackshort, el heroico oso;
Tú, cuyas brujas siempre, siempre terminaban
En el horno transformadas en pan de jengibre,
Me pregunto si también las veías, si decías
Aquellas palabras para librarme de aquellas tres señoras
Que cabeceaban por la noche alrededor de mi lecho,
Sin boca, sin ojos, con el cráneo calvo y recosido.

Durante el huracán, mientras las doce ventanas
Del estudio de padre se hinchaban hacia dentro
Como burbujas a punto de estallar, tú nos dabas de comer
A mi hermano y a mí leche con cacao y galletas,
Y nos ayudabas a los dos a corear:
“Thor está enojado: ¡Bum, bum, bum!
Thor está enojado: ¡A la porra con él!”
Pero aquellas señoras rompieron los cristales.

Cuando las compañeras del colegio bailaban
De puntillas, centelleando como cocuyos
Y cantando la canción de la luciérnaga, yo no podía
Levantar ni un pie con aquel vestido resplandeciente,
Y me quedaba a un lado, con mis pies de plomo,
En la sombra proyectada por aquellas madrinas
De tétricas cabezas, mientras tú gritabas y gritabas:
La sombra se alargaba, las luces se extinguían.

Madre, me obligaste a dar clases de piano,
Y alababas mis arabescos y mis trinos,
Aunque todos los profesores hallaban mi manera de tocar
Extraña, rígida, antinatural, a pesar de las muchas escalas
Y de las muchas horas que practicaba, pues no tenía
El menor oído musical, no, y era incapaz de aprender.
Pero aprendí, querida madre, aprendí en otro lugar
Y de otras maestras: de esas musas que tú no contrataste.

Un día desperté para verte, madre,
Flotando encima de mí, por el aire más azul,
En un globo verde brillante, con un millón
De flores y de petirrojos azules que jamás,
Jamás ha visto nadie en ninguna parte.
Pero el pequeño planeta desapareció de repente
Como una pompa de jabón cuando tú gritaste: “¡Ven aquí!”
Y yo volví a hacer frente a mis compañeras de viaje.

Día y noche, a los pies y a la cabecera, a ambos lados de la cama,
Las tres me vigilan vestidas con sus túnicas de piedra,
Sus rostros en blanco, como el día en que nací.
Sus sombras se alargan en el sol del ocaso
Que nunca se vuelve más brillante ni termina de ponerse.
Sí, este es el reino al que me engendraste,
Madre, Madre. Pero no voy a fruncir el ceño
Para no desvelar la relación que mantengo.