Gonzalo rojas: ¿qué se ama cuando se ama?

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Gonzalo Rojas, uno de los grandes poetas chilenos del siglo XX, nació en Lebu el 20 de diciembre de 1916. Hizo sus primeros estudios en el Seminario Conciliar y luego en el Liceo de Hombres de Concepción. Estudió Derecho y Literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y se desempeñó más tarde como académico en Valparaíso y Concepción.

Gonzalo Rojas es considerado uno de los poetas chilenos más influyentes de las últimas décadas, hecho que puede ser constatado en la vasta literatura ensayística y crítica en torno a su obra y en los numerosos premios que recibió, entre ellos, el Premio Reina Sofía de España y el Premio Nacional de Literatura en Chile, ambos en 1992.

Miembro de la Generación Literaria del 1938 y cercano, en sus comienzos, al grupo de la Mandrágora (formó parte del grupo que gestó la revista homónima), Rojas plasmó en más de un texto indicios de su cercanía con la estética surrealista, situándose su obra en una línea de continuidad con las vanguardias chilenas y latinoamericanas del siglo XX.

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Durante el gobierno de Salvador Allende desempeñó tareas diplomáticas en China y en Cuba. Luego del golpe de estado de 1973, Rojas fue privado de su nacionalidad y obligado a partir a un largo exilio. De esta época datan poemas como “Cifrado en octubre”, dedicado a la muerte del dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Miguel Enríquez, en cuyos versos expresa su visión sobre esos tiempos: “Son los peores días, los más amargos, aquellos / sobre los cuales no querremos volver”. Su poesía –según ha señalado el crítico Marcelo Coddou-, también en los momentos aciagos se atrevió a defender la belleza, a enfrentar los maniqueísmos, a gritar el goce de los sentidos y denunciar con nobleza las múltiples formas de miseria del hombre.

Queremos compartir con ustedes algunos poemas de Gonzalo Rojas extraídos del libro “Qué se ama cuando se ama” del año 2000.

 

MUCHACHAS

Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas,
gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar,
reír, dormir, vivir;
fealdad y belleza devorándose, azote
del planeta, una ráfaga
de arcángel y de hiena
que nos alumbra y enamora,
y nos trastorna al mediodía, al golpe
de un intimo y riente chorro ardiente.

EL FORNICIO

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te

turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras,

te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!

CARTA DEL SUICIDA

Juro que esta mujer me ha partido los sesos.
Porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales, y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estómago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre, así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante,
así toque mi cítara para engañarme, así
se abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse,
juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.