Index Librorum Prohibitorum Et Expurgatorum: Libros censurados durante la inquisición

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El Index librorum prohibitorum et expurgatorum, (Índice de libros prohibidos), también llamado Index expurgatorius, es una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia Católica catalogó como libros perniciosos para la fe; además establecía, en su primera parte, las normas de la Iglesia con respecto a la censura de los libros. La última edición data de 1948 y, aunque se siguieron incorporando títulos hasta 1961, una provisión de 1966 decretó que no se siguiera renovando.

En la primera versión del Index Librorum Prohibitorum se prohibía expresamente toda versión de la Biblia escrita o autorizada por Martín Lutero, así como las que se parecieran a ellas o que estuvieran escritas en lengua vernácula (esto es: castellano, inglés, francés, alemán…) e incluía una lista de los tipógrafos o impresores a los que había que vetar precisamente por haber reproducido obras proscritas. Para el mantenimiento del ‘Index’ después de la primera edición, de Pío V, se instituyó en 1571 la ‘Sagrada Congregación del Índice’. El ‘Index’ fue actualizado regularmente hasta su suspensión, en 1966, con materiales que se fueron agregando tanto por la Congregación como por el Papa.

Algunos de los autores cuya obra fue prohibida en su totalidad a lo largo de las diferentes versiones del ‘Index’ fueron Martín Lutero, Juan CalvinoErasmo de RotterdamEnrique VIIIRené Descartes,Thomas HobbesDavid HumeDenis DiderotMontesquieuHonoré de BalzacÉmile Zola,Jean-Paul Sartre… Curiosamente hay autores como SchopenhauerMarx Nietzsche, conocidos por su ateísmo o por su hostilidad hacia la Iglesia Católica, que no figuran en el ‘Index’, pues el Vaticano debe considerar obvio e implícito su veto.

Entre los libros específicamente prohibidos (no así el resto de la obra del autor) podemos destacar ‘El contrato social’ y ‘Emilio’ de Jean-Jacques Rousseau, algunas obras del Marqués de Sade (pero no la mayoría), ‘Rojo y negro’ de Stendhal, ‘Los miserables’ y ‘Nuestra Señora de París’ de Víctor Hugo, el ‘Gran Diccionario Universal’ de Pierre Athanase Larousse, o ‘Madame Bovary’ de Gustave Flaubert (tildada de pornográfica). Y entre los libros de autor anónimo, como es comprensible, estaba el muy herético Lazarillo de Tormes (recuérdese, por ejemplo, el episodio del bulero).

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Quizá el caso más famoso sea el de Galileo Galilei, convocado por el Santo Oficio en 1633 por suDiálogo sobre los principales sistemas del mundo. La obra había pasado el control de los censores (a pesar de estar escrita en latín vulgar y no en su versión culta y oficial) pero la Iglesia se topó con que el ‘Diálogo’ estaba siendo interpretado como una obra pro-copernicana y heliocentrista (como de hecho lo era). A Galileo ni siquiera le salvó ser un protegido del Papa Urbano VIII y fue llevado a juicio; finalmente pasó por el aro y pronunció ante el tribunal la fórmula de abjuración, tras la que no pudo evitar murmurar el mítico Eppur si muove (‘y sin embargo se mueve’), y fue finalmente absuelto.

Cervantes no se salvó de ver censurado un pequeño fragmento de su insigne obra y se vio obligado a suprimir del capítulo XXXVI de la ‘Segunda parte’ lo siguiente:

…las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

Pero el gran Don Miguel no debió de preocuparse demasiado ya que en su primera parte les había colado un buen tanto, pues durante el escrutinio de la biblioteca (capítulo VI) de Alonso Quijano (no de Don Quijote) es el cura quien lleva la voz cantante y posee la última palabra. Todo bien a los ojos de un censor de la Inquisición: un miembro de la iglesia dirigiendo la destrucción de unos libros que habían llevado a la locura a un honrado señor rural. Sin embargo, todo aquel que ha sido atrapado por la obra cervantina es conocedor del gusto del narrador del Quijote por la ironía, los dobles sentidos, los juegos de espejo, etc. y sabrá leer entre líneas el papel que se le asigna al cura, que no es un mal tipo y hasta promueve la salvación de determinados libros, pero no deja de ser un reflejo del cura español de la época, con su buena panza por comer gratis allá donde fuera y su costumbre de entrometerse en todo.

Final del Index

Como lista oficial y la excomunión que implicaba su lectura fue abandonada el 14 de junio de 1966, bajo el papado de Pablo VI, seguidamente del final del Concilio Vaticano II y en gran parte debido a consideraciones prácticas. No obstante, puede ser considerado un pecado venial para los católicos el hecho de leer libros que eran injuriosos contra la fe o la moral católica.

El Vaticano, sin embargo, hizo públicas nuevas regulaciones acerca de libros, escritura y medios de difusión, que incluyó en dos artículos del actual Código de Derecho Canónico:

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1-Sin causa justa y razonable, no escriban nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto suelen atacar a la religión católica o las buenas costumbres; los clérigos y los miembros de institutos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del Ordinario del lugar
2-Compete a la Conferencia Episcopal dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos o miembros de institutos religiosos puedan tomar parte en emisiones de radio o de televisión en las que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las costumbres.
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Los miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior mayor, conforme a la norma de las constituciones, para publicar escritos que se refieran a cuestiones de religión o de costumbres.

Al fin y al cabo, la prohibición agudiza el ingenio del oprimido y fueron muchos los autores que se jactaron, más o menos en privado, de haber sabido disfrazar con su arte literaria algo que debía ser censurado. Además, el ‘Index’ puede ser muy útil para un librepensador de hoy en día, a modo de guía de lectura: cualquiera de las obras o autores prohibidos son dignos de ser leídos. Algunos autores notables cuya obra completa integraba la lista son los siguientes:

  1. Erasmo de Rotterdam (1500)
  2. François Rabelais
  3. Giordano Bruno
  4. René Descartes (1633)
  5. Thomas Hobbes (1649-1703)
  6. David Hume (1761-1872)
  7. Denis Diderot
  8. Honoré de Balzac
  9. Émile Zola (1894-1898)
  10. Anatole France (1922)
  11. Henri Bergson (en 1914)
  12. Maurice Maeterlinck
  13. André Gide (1952)
  14. Jean-Paul Sartre (1959)

Fuente: Papel  en Blanco